SER FRAGANCIA DE CRISTO EN EL MUNDO


"FRAGANCIAS DE CRISTO"

SER FRAGANCIAS DE CRISTO ES ESPARCIR SU FRAGANCIAS DONDE ESTÉS
EN EL LUGAR QUE TE ENCUENTRES CASA,TRABAJO, IGLESIA ,COLEGIO ,EN FACE,
EN TU RED SOCIAL FAVORITA DANDO
TESTIMONIO DE SU PRESENCIA EN TI
¿QUIERES SER TU FRAGANCIAS DE CRISTO?

A TODOS LOS QUE NOS DEJAN ENTRAR EN SU CORAZON
MUCHA PAZ Y AMOR .GRACIAS A LOS AMIGOS POR ESTAR SIEMPRE AHI DISPUESTOS A DAR,
QUE LA PAZ Y EL AMOR DE JESUS NOS SIGA HERMANANDO Y DERRAMANDO BENDICIONES A TODOS







Esperamos ser de Bendicion a tu vida, asi como tu lo seas a nuestras vidas. Te deseamos Un Lindo Dia


sagrado corazon de jesus

sábado, 29 de marzo de 2014

 LA BOLSA DEL MENDIGO
  
Un emperador estaba a punto de salir de su palacio para dar un paseo matutino, cuando a las puertas del mismo, se encontró con un mendigo.
Esperando le pidiera una limosna, le preguntó: ¿Qué quieres?
El mendigo le miró y le dijo: Me preguntas de una manera… como si pudieras satisfacer todos mis deseos.
El emperador le respondió: -Por supuesto que puedo satisface tus deseos.¿Cuál es?
Y el mendigo le dijo: Piensa dos veces antes de prometer.
El emperador, comenzó a molestarse y le insistió: Te daré cualquier cosa que me pidas. Soy una persona muy poderosa y rica. ¿Qué puedes desear que yo no pueda darte?
El mendigo le dijo: Es un deseo muy simple. ¿Ves esta botella que llevo conmigo? ¿Puedes llenarla con algo valioso?
Por supuesto, dijo el emperador. Y llamó a uno de sus servidores y le dijo: Llena de dinero la bolsa de este hombre.
El servidor lo hizo y el dinero, apenas echado en la bolsa, desapareció.
Echó más y más y desaparecía al instante.
La bolsa del mendigo estaba siempre vacía.
El rumor de esta escena corrió rápidamente por toda la ciudad y entonces una gran multitud se reunió en el lugar, poniendo en juego el prestigio del emperador.
Entonces el emperador le dijo a sus servidores: Estoy dispuesto a perder mi reino entero, pero este mendigo no se va a salir con la suya, ya que me dejaría en ridículo frente al pueblo.
Diamantes, perlas, esmeraldas… uno a uno los tesoros del emperador iban cayendo en la bolsa, la cual parecía no tener fondo.
Todo lo que se echaba en ella desaparecía inmediatamente.
Era el atardecer y habiendo quedado el emperador ya sin ninguna cosa que meter en la bolsa del mendigo (habiendo llegado incluso a desprenderse de joyas que habían pertenecido a su familia por siglos), se tiró a los pies del mendigo y, admitiendo su derrota, le dijo: Has ganado, pero antes de que te vayas, satisface mi curiosidad: ¿cuál es el secreto de tu bolsa?
El mendigo le dijo: ¿El secreto? Es que está hecha de deseos humanos.
LOS PASTORES Y LAS OVEJAS
  
Había muchos pastores en aquel pueblo. Cada uno tenía 100 ovejas. Todos los días las cuidaban lo mejor que podían. Por eso eran la envidia de los otros pastores de la comarca. Aquellos pastores tenían fama de ser muy competentes, conocedores del regreso, del lugar de pastos, aguas y atenciones requeridas encada época del año.
Poco a poco se fue apagando su entusiasmo y se entretenían en hablar de sus cosas.
Un día llegó a tanto su desgana, irresponsabilidad o despiste que, entretenidos en hablar y jugar en el campo donde pastaban sus rebaños, al atardecer, hora de volver, no vieron más que doce ovejas. Todas las demás, habían desaparecido.
Pero no se propusieron ir a buscar a todas las que se habían perdido. Pensaron que era muy tarde y que ya volverían si querían. Ellos las habían amado, las habían cuidado bien, así que… ¿de qué se podían quejar? ¡Peor para ellas! Vamos a cuidar bien a las que nos han quedado, se dijeron. Y las orientaron entre todos, las llenaron de mimos. A veces había hasta celos entre ellos, tanto las querían.
Algún pastor quiso separarse de los otros e intentar ir a buscar a las otras, pero por poco le pegan.
Pasaban muchas horas recordando a cada una de las que se habían perdido y procuraron descubrir las razones por las que se perdieron. Hicieron poesías, artículos, estudios, estadísticas, libros…sobre ellas.
Al fin se acostumbraron a esas poquitas y las rodearon con cariño, las conocían al detalle y se turnaban para darles de comer. Les buscaron un lugar muy tranquilo, defendido de los vientos y con agua, y un buen cobijo.
Todo parecía ir muy bien, hasta que comenzaron a faltar pastos y hubo que ir monte arriba a buscar hierbas. Entonces vino la tragedia. Unas no podían subir, no estaban acostumbradas; otras se quedaban prendidas en las zarzas; algunas resbalaban en las rocas. Al final, comprendieron que tenían que turnarse llevándolas a hombros. De lo contrario, no llegarían y morirían sus ovejas en el camino.
Los pastores estaban allá arriba cada vez más tristes porque envejecían con tan poquitas ovejas, y éstas estaban cada vez más flacas, viejas, incapaces… ¡estériles!
Lejos, muy lejos, se veían muchas ovejas que corrían y jugaban con sus corderillos. Los pastores siempre comentaban a quienes veían que, aunque pareciese que aquellas ovejas estaban mejor, era pura apariencia.
Ninguna está tan bien guardada y es tan querida como éstas. No tienen corderillos que estropeen la intimidad y la unidad; y, al final, morirán rodeadas de cariño. ¿Cuándo una oveja ha muerto tan querida?
Y, entre tanto, se pusieron a redactar un precioso documento, sobre la vida y la muerte, la fecundidad, la alegría, sobre el pastor, sobre la libertad, sobre las ovejas dóciles y las descarriadas.
 EL CURA, EL PASTOR Y EL REY..
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Un día desembarcaron en un país africano tres misioneros: un cura, un pastor protestante y su esposa y pidieron entrevistarse con el rey. Le hicieron numerosos regalos y le pidieron un solar para levantar sus templos.
  • Yo quisiera construir una iglesia, una escuela y un dispensario para tu gente, explicó el sacerdote.
  • Yo quisiera hacer lo mismo, dijo el pastor.
  • ¿Cuántas mujeres e hijos tienes? Le preguntó el rey al cura.
  • Para mejor servir a todos los hombres, yo he elegido el celibato. Yo soy el padre de todos, el guía de todas las familias.
  • ¿Si te imitáramos que sería de la raza humana? ¿De quién serías padre y de que familia serías guía?
  • El que no puede fundar una familia no sabría ocuparse de la sociedad. Entre nosotros, concluyó el rey, no hay más riquezas que las humanas.
  • Y dirigiéndose al pastor:
  • ¿Eres tú como tu compañero?
  • Yo estoy casado y tengo numerosos hijos. Le presento a la madre de mis hijos.
  • Nosotros nos comprenderemos mejor. La mayor riqueza para nosotros es el ser humano y vivimos sólo para perpetuar la familia y la raza.

EL PERDÓN DEL JUEZ
 

Hace tiempo en un país lejano ocurrió que un juez decidió dar la libertad a un preso. Para ello hizo pasar, uno a uno, a todos los encarcelados para mantener una entrevista con ellos y ver quien merecía ser liberado.
Al preguntar al primero la razón de su encarcelamiento, éste le dijo:
“Estoy aquí porque me calumniaron y me acusaron injustamente”.
Llamó al segundo y éste contestó:
“Estoy aquí porque dicen que robé, pero es mentira”.
De esta forma fueron pasando uno tras otro y todos se declaraban inocentes. Hasta que llegó a uno de los últimos presos que dijo:
“Estoy aquí porque maté un hombre. Hirió a mi familia y perdí el control. Por eso lo maté. Hoy me doy cuenta que hice mal y estoy muy arrepentido”.
El juez se levantó y dijo:
“Voy a liberar a este último preso”.
Todos se quedaron perplejos y dijeron:
“Pero, ¿por qué lo vas a liberar a él?
El juez contestó:
“El castigo es para los que esconden sus faltas. La misericordia para los que las reconocen y se arrepienten”.

EL TAZÓN DE MADERA..
  
Un hombre mayor y frágil fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto de cinco años. Las manos del anciano temblaban, su vista era borrosa y sus pies vacilaban.
Todos cenaban juntos en la misma mesa. Pero al abueloempezaron a caérsele los guisantes por el suelo y a derramar el vino en el mantel. El hijo y la nuera se sentían cada vez más incómodos e irritados.
"Tenemos que hacer algo con el abuelo", decía el hijo. Ya está bien de vino derramado, comer ruidoso y comida por el suelo. Así que decidieron colocar al abuelo en un rincón del comedor y en lugar de platos le dieron la comida en un tazón de madera. Le observaban a distancia y le seguían dando las mismas recomendaciones. El nieto callaba y veía una lágrima que corría por la mejilla del abuelo en su rincón.
Una noche, antes de la cena , el padre vio a su hijito jugando con unos trocitos de madera. "¿Qué estás haciendo, hijo? Le preguntó. Y el niño contestó: "Oh, estoy haciendo un tazón de madera para ti y para mamá para que comáis cuando yo sea mayor".
El padre se quedó sin habla. Lágrimas corrieron por su rostro. Y aunque no hubo palabras, el marido y su esposa sabían lo que debían hacer.
Aquella noche el marido cogió cariñosamente a su padre y lo sentó en la mesa de la familia.
A partir de entonces el abuelo comió con la familia y a ninguno le importó que se le cayeran al suelo los cubiertos, derramara el vino o manchara el mantel..
 E L   A G U A D O R..
  
Un cargador de agua de la India tenía dos grandes vasijas quecolgaba a los extremos de un palo y que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su patrón. Pero cuando llegaba, la vasija rota sólo tenía la mitad del agua. Durante dos años completos esto fue así diariamente. Desde luego, la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque sólo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.
Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguador diciéndole: "Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque, debido a mis grietas, sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir."
El aguador, apesadumbrado, le dijo: "Cuando regresamos a la casa, quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino."
Así lo hizo la tinaja. Y en efecto vio muchas flores hermosas a lolargo del camino; pero de todos modos se sintió apenada porque al final, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar.
El aguador le dijo entonces: "¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen de tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas, y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas, y todos los días las has regado, y por dos años yo he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi Maestro. Si no fueras exactamente como eres, con todo y tus defectos, no hubiera sido posible crear esta belleza".
E L  B U S C A D O R
 

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kamir. Había aprendido a hacer caso riguroso de estassensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo. Así que lo dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la derecha del sendero. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores. La rodeaba por completo una especie de pequeña valla de madera.
Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.
De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió a la tentación de descansar por un momento en aquel lugar.
El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.
Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de aquel paraíso multicolor.
Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió aquella inscripción sobre una de las piedras:
Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses y 3 días.
Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que aquella piedra no era simplemente una piedra: era una lápida.
Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en aquel lugar.
Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla. Decía:
Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas.
El buscador se sintió conmocionado.
Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra era una tumba.
Una por una, empezó a leer las lápidas.
Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.
Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba a penas los once años.
Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.
El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó. Lo miró llorar durante un rato y le preguntó si lloraba por algún familiar.
No, por ningún familiar.
¿Qué pasa en este pueblo? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar?
El anciano sonrió y dijo:
Puede usted serenarse. Aquí tenemos una vieja costumbre.
Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue al cuello. Es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:
A la izquierda, qué fue lo disfrutado.
A la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.
Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana?...
Y después, la emoción del primer beso. ¿Cuánto tiempo duró?
¿Y el embarazo y el nacimiento del prior hijo?...
Así vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos.
Cuando alguien se muere,
es nuestra costumbre
abrir su libreta
y sumar el tiempo de lo disfrutado
para escribirlo sobre su tumba.
Porque ése es para nosotros
el único y verdadero TIEMPO VIVIDO.
LA FELICIDAD EN NUESTRAS MANOS
 

Una mujer se llevaba a matar con su marido. A pesar de todos los cuidados que daba al padre de sus hijos, ella tenía que aguantar todas sus maldades.
Un día, queriendo transformar su vida en  un idilio, decidió consultar a un adivino.
¿No tendrá usted un talismán que me ayude a cambiar el corazón duro y frío de mi marido?
La leche de una tigresa. Procúramela y tu problema estará resuelto, dijo el adivino.
Asustada pero esperanzada la mujer decidió remover cielo y tierra para encontrar la solución de sus problemas.
Unos cazadores le dijeron que una tigresa amamantaba a sus crías en el bosque.
Compró un cordero y se puso a buscarla por el bosque.
Cuando la fiera la vio pensando que sus crías estaban en peligro estuvo a punto de devorarla. Le lanzó el cordero y huyó.
Unos días más tarde, volvió al bosque con un cabritillo que ofreció a la tigresa cuando llegó a su guarida. La fiera le permitió acercarse mientras engullía satisfecha su cabritillo. La mujer la acarició y la ordeñó.
Regresó donde el adivino y le entregó la leche de la tigresa.
Hija mía, con fuerza de voluntad, de dulzura y de inteligencia has conseguido domar un tigre. Vuelve a casa y haz lo mismo con tu marido. Esta otra fiera es más fácil de domar.
La felicidad no está nunca lejos de nosotros.

 E L   T I E M P O
  
-Buenos días- dijo el principito.
-Buenos días- dijo el mercader. Era un mercader de píldoras perfeccionadas que aplacan la sed. Se toma una por semana, y no se siente ya la necesidad de beber.
-¿Por qué vendes eso?- dijo el principito.
-Es una gran economía de tiempo- dijo el mercader. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Se hace lo que se quiere…
“Yo, se dijo para sí el principito, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente”.
Antoine de Saint-Exupéry, El Principito

El tiempo es demasiado lento para los que esperan,
demasiado veloz para los que temen,
demasiado largo para los que sufren,
demasiado corto para los que disfrutan,
pero para los que aman,
el tiempo es la eternidad.
Henry Van Dyke
   EL RUIDO DE LA CARROZA
  
Un sábado mi padre me invitó a dar un largo paseo por el campo.
En nuestro deambular por los caminos solitarios y silenciosos, mi padre se paró y me preguntó:
-Además del canto de los pájaros, ¿qué oyes?
-Presté atención durante unos segundos y le dije: Oigo el ruido de una carroza.
-Exacto, dijo mi padre, pero es el ruido de una carroza vacía.
-¿Por qué sabes que es el ruido de una carroza vacía si todavía no la ves?, le pregunté.
-Es muy fácil, me dijo, cuanto más vacía está, más ruido mete.
Cuando me hice adulto comprendí la verdad de esta afirmación. Las personas que hablan demasiado, interrumpen a los demás y presumen de lo que tienen o saben y se consideran mejores que los otros… me recuerdan lo que me dijo mi padre : Cuanto más vacía está la carroza, más ruido mete.
 LA SEMILLA DEL MANZANO
  
Érase una vez un hombre que fue sorprendido robando en un mercado de la ciudad.
Informado el rey del delito, el ladrón fue condenado a muerte.
El día de su ejecución, sus guardianes lo llevaron a la plaza pública y le dijeron si quería expresar algún deseo antes de morir.
"Sí", dijo el prisionero. "Tengo un mensaje para el rey. Poseo una cosa muy especial que recibí de mi hermano y que éste recibió de mi abuelo. Es una semilla de manzano que crece en un solo día y da manzanas muy sabrosas. Sentiría muchísimo que semejante regalo se perdiera; me gustaría entregárselo al rey".
Se lo comunicaron al rey y ése recibió al prisionero. El rey le escuchó y le dio permiso para sembrar la semilla antes de ser ahorcado.
"Desearía sembrarla, pero sólo un hombre que no ha robado nunca ni mentido ni engañado a nadie puede hacerlo. Yo como he robado, no puedo hacerlo.
El rey convocó a su primer ministro para que sembrara la semilla. Éste confesó que había robado una vez.
Después llamó al tesorero del reino, pero éste se sonrojó al confesar que alguna vez había manipulado las cuentas del reino y se había enriquecido ilícitamente.
El tesorero le dijo al rey que debería ser él quien sembrara la semilla.
El rey, humillado y apesadumbrado, recordó las muchas veces que había sido infiel a su esposa y, bajando la cabeza, renunció a sembrar la semilla.
El ladrón, serio pero divertido, les observaba y les dijo: "Ustedes son las personas más poderosas del reino y sin embargo no están libres de pecado. Yo, por el contrario, soy un hombre hambriento que, un día, robó un trozo de pan para matar el hambre y ahora debo ser ahorcado.
El rey perdonó al ladrón sagaz.

LOS SIETE TARROS DE ORO
  
Al pasar un barbero bajo un árbol embrujado, oyó una voz que le decía: "¿Te gustaría tener los siete tarros de oro?" El barbero miró en torno suyo y no vio a nadie. Pero su codicia se había despertado y respondió anhelante: "Sí, me gustaría mucho". "Entonces ve a tu casa en seguida", dijo la voz "y allí los encontrarás".
El barbero fue corriendo a su casa. Y en efecto allí estaban los siete tarros, todos ellos llenos de oro, excepto uno que sólo estaba medio lleno. Entonces el barbero no pudo soportar la idea de que un tarro no estuviera lleno del todo. Sintió un violento deseo de llenarlo; de lo contrario, no sería feliz.
Fundió todas las joyas de la familia en monedas de oro y las echó en el tarro. Pero éste seguía igual que antes: medio lleno. Aquello lo exasperó. Se puso a ahorrar y a economizar como un loco, hasta el punto de hacer pasar hambre a su familia. Todo inútil. Por mucho oro que introdujera en el tarro, éste seguía estando medio lleno.
De modo que un día pidió al Rey que le aumentara su sueldo. El sueldo le fue doblado y reanudó su lucha por llenar el tarro. Incluso llegó a mendigar. Y el tarro engullía cada moneda de oro que en él se introducía, pero seguía estando obstinadamente a medio llenar.
El Rey cayó en la cuenta del miserable y famélico aspecto del barbero. Y le preguntó: "¿Qué es lo que te ocurre? Cuando tu sueldo era menor, parecías tan feliz. Y ahora que te he doblado el sueldo, estás destrozado. ¿No será que tienes en tu poder los siete tarros de oro?" El barbero se quedó estupefacto: ¿Quién os lo ha contado, Majestad?, preguntó.
El Rey se rió. "Es que es obvio que tienes los síntomas de la persona a quien el fantasma ha ofrecido los siete tarros.
Una vez me los ofreció a mí y yo le pregunté si el oro podía ser gastado o era únicamente para ser atesorado; y él se esfumó sin decir una palabra. Aquel oro no podía ser gastado. Lo único que ocasiona es el vehemente impulso de amontonar cada vez más. Anda, ve y devuélveselo al fantasma ahora mismo y volverás a ser feliz".
E L   R E L O J
 

Un reloj recién fabricado fue puesto sobre un estante entre dosrelojes viejos. Uno de los relojes viejos le dijo al recién llegado: "Lo siento por ti. Si te pones a echar cálculos y ves cuántos tic.tac hay que dar par funcionar durante un año, no lo harás nunca. Habría sido preferible que el fabricante no te hubiera hecho".
El nuevo reloj empezó a contar los tic-tac: "Cada segundo requiere un tic-tac. Esto significa 120 por minuto. Eso equivale a 7.200 por hora, 172.800 por día, 1.209.600 por semana, que, multiplicados por 52 semanas, dan un total de 62.899.200 impulsos al año.
¡Qué horror!. Inmediatamente tuvo una depresión nerviosa y dejó de funcionar.
Pero el viejo y sabio reloj del otro lado le dijo: "No le prestes atención. Simplemente, piensa. ¿Cuántos impulsos o golpes tienes que dar cada vez?", "¿Cómo dices? Supongo que sólo uno", respondió el reloj nuevo. "En efecto; pero eso no es tan duro, ¿o acaso lo es? Inténtalo conmigo. Un tic cada vez".
Setenta y cinco años después seguía funcionando todavía el reloj dando un tic cada vez".
Nadie se hunde bajo el peso del día. Sólo cuando la culpa de ayer se suma a la ansiedad de mañana vacilan nuestras piernas.

miércoles, 12 de marzo de 2014

 
 
  
 
                
 
  Perdonar y DisculparSi camino por la calle y de pronto tropiezo, pierdo el equilibrio e involuntariamente arrojo al suelo a una persona, lo que procede es pedir una disculpa. Si la víctima de mi accidente se da cuenta que mi acción ha sido, en efecto, involuntaria, me disculpará, es decir, reconocerá que no fui culpable. En cambio si ese mismo transeúnte, al llegar a su casa, insulta a su esposa, no basta que luego solicite ser disculpado, deberá pedir perdón, porque ha sido culpable de la ofensa cometida.

Se disculpa al inocente y se perdona al culpable. Disculpar es un acto de justicia, porque la persona que ha ofendido merece que se le reconozca que no es culpable, tiene derecho a la disculpa, mientras que el perdón trasciende la estricta justicia, porque el culpable, no merece el perdón; si se le perdona es por un acto de amor, de misericordia.

No cabe duda que resulta más fácil disculpar que perdonar. Cuando me doy cuenta que alguien no tiene la culpa, no encuentro en mí ninguna resistencia para disculparlo, porque lo natural es reconocer su inculpabilidad. En cambio cuando, cuando descubro que el ofensor es culpable de su acción, de ordinario, surge naturalmente una acción, inspirada por el sentido de justicia, que exige que esa persona cargue con las consecuencias de su acción, que pague el daño cometido. El perdón implica ir en contra de esa primera reacción espontánea, hay que superarlo con la misericordia. Lo que, en cambio, no tiene sentido, porque se trataría de un esfuerzo estéril, es perdonar lo que merece una simple disculpa.

En la vida ordinaria es frecuente que muchas acciones aparentemente ofensivas se interpreten como agresiones culpables, cuando en realidad no lo son, porque carecen de intencionalidad. Por ejemplo en las omisiones involuntarias. Una buena dosis de reflexión, unida a la actitud de ponerse en el lugar del otro, permite comprender con objetividad tales acciones u omisiones, y descubrir que en múltiples casos sólo basta disculpar, porque la persona sólo actuó por error, por ignorancia o por simple distracción.
Otras veces ocurrirá que descubrimos circunstancias atenuantes que pueden reducir el grado de culpabilidad, como el padre de familia que llega a casa cansado, después de un día problemático en el trabajo, y reacciona con mal humor ante la música que están oyendo sus hijos; o la esposa no recibe al marido con todo el afecto que él esperaría, porque está con los nervios de punta, después que ha atendido múltiples asuntos domésticos. También puede suceder que existen circunstancias permanentes, que si se comprenden simplifican considerablemente el problema del perdón, por ejemplo los padres que reconocen las etapas que viven sus hijos y no se sorprenden por reacciones ofensivas, y no pierden el tiempo lamentándose por la ofensa del hijo y sí emplean el tiempo en formarlo.

No se trata de cerrar los ojos a la realidad, hay que distinguir con la mayor precisión lo que es disculpable y lo que si necesita ser perdonado. Debemos esforzarnos por mirar realista y objetivamente a los demás, que no consiste en juzgarlos y mirarlos como enemigos potenciales, sino en mirarlos con amor.


Misericordia y perdón

En el antiguo testamento prevalecía la ley del Talión, inspirada en la estricta justicia. “ojo por ojo, diente por diente”. Jesucristo viene a perfeccionar la antigua ley e introduce una modificación fundamental que consiste en vincular la justicia a la misericordia, más aún en subordinar la justicia al amor, lo cual resulta tremendamente revolucionario. A partir de Jesucristo, las ofensas recibidas deberán perdonarse, porque el perdón forma parte esencial del amor. “El perdón es una feseta del amor”.

La misericordia que Jesús practica y exige a los suyos, choca, no solo, con el sentir de su época, sino con el de todos los tiempos: “han oído ustedes que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian” (Mt 5, 43-44). “Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica” (Lc 6, 28-29). Estas exigencias del amor superan la natural capacidad humana, por eso Jesús invita a los suyos a una meta que no tiene límites, porque sólo desde ahí podrán lo que se les está pidiendo: “Sean misericordiosos, como su padre es misericordioso” (Lc 6, 36). Para este ideal tenemos que contar con la ayuda de Dios.

Qué es perdonar 

A Diferencia del resentimiento producido por ciertas ofensas, el perdón no es un sentimiento. Perdonar no equivale a dejar de sentir 
Hay quienes consideran que están incapacitados para perdonar ciertos agravios porque no pueden dejar de sentir sus efectos, no pueden dejar de experimentar la herida, ni el odio, ni el afán de venganza. La incapacidad para dejar de sentir el resentimiento, en el nivel emocional, puede ser, efectivamente insuperable, al menos a corto plazo. Sin embargo si se comprende que el perdón se sitúa en un nivel distinto al del resentimiento, esto es, en el nivel de la voluntad, se descubrirá el camino que apunta a la solución.

El empleado que ha sido despedido injustamente de la empresa, el conyugue que ha sufrido la infidelidad de su pareja, o los padres que han padecido el secuestro de un hijo, pueden decidir perdonar, a pesar del sentimiento adverso que necesariamente están experimentando, porque el perdón es un acto volitivo, es decir, de la voluntad y no un acto emocional. Entender esta diferencia entre, entre sentir una emoción y tomar una decisión, es ya un paso importante para clarificar un problema. Muchas veces en la vida tenemos que actuar en sentido inverso a la dirección que marcan nuestros sentimientos, y de hecho lo hacemos porque nuestra voluntad se sobrepone a nuestras emociones. Por ejemplo cuando sentimos desanimo por algún fracaso que hemos tenido en la realización de alguna tarea, y en lugar de abandonarla, nos sobreponemos y seguimos adelante hasta concluir; cuando alguien nos ha molestado y sentimos el impulso de agredirlo, pero decidimos controlarnos y ser pacientes; cuando experimentamos la inclinación hacia la pereza y, sin embargo, optamos por trabajar. En todos estos casos se manifiesta la capacidad de la voluntad para dominar los sentimientos. Lo mismo ocurre cuando perdonamos, a pesar de que emocionalmente nos encontremos inclinados a no hacerlo.

El perdón es un acto de voluntad porque consiste en una decisión. ¿Cuál es el contenido de esta decisión? ¿Qué es lo que decido cuando perdono? Al perdonar opto por cancelar la deuda moral que el otro ha contraído conmigo al ofenderme, y por lo tanto, lo libero en cuanto deudor. No se trata, evidentemente, de suprimir la ofensa cometida, de eliminarla y hacer como que nunca haya existido, porque carecemos de ese poder. Sólo Dios puede borrar la acción ofensiva y hacer que el ofensor vuelva la situación en que se encontraba antes de cometerla. Pero nosotros cuando perdonamos realmente, desearíamos que el otro quedara completamente eximido de la mala acción que cometió. Por eso, “perdonar implica pedir a Dios que perdone, pues sólo así la ofensa es aniquilada”. 

Un palpable ejemplo de este tipo de perdón es el de Dios que siempre está dispuesto a cancelar toda deuda, a olvidar y a renovar. Nos serviremos de la siguiente meditación del padre Juan Ferrán, para sacar las conclusiones de este tema.

Encontramos este relato en Lc 7, 36-50.

Es un relato maravilloso en todo su desarrollo. Comienza la historia con la invitación de un fariseo a comer en su casa. En la misma ciudad había una mujer pecadora pública. Al saber que Jesús estaba allí, cogió un frasco de alabastro de perfume, entró en la casa, se puso a los pies de Jesús a llorar, mojando sus pies con sus lágrimas y secándoselos con sus cabellos, ungió los pies de Cristo con el perfume y los besó. El fariseo, entretanto, ponía en duda a Cristo. Pero Jesús, que leía su pensamiento, le propuso una parábola sobre un acreedor que tenía dos deudores y a ambos perdonó. Se aprovechó de aquella parábola para salir en defensa de aquella mujer comparando su actitud con la de él: la de ella llena de amor y arrepentimiento; la de él llena de soberbia y vanidad. Tras ello, hace una afirmación que parece la absolución tras una excelente confesión: “Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor”, dice dirigiéndose al fariseo, llamado Simón. Y a la mujer: “Tus pecados quedan perdonados. Tu fe te ha salvado. Vete en paz”. Los comensales volvieron a juzgar a Jesús: “Quién es éste que hasta perdona los pecados?”.

Siempre que se mete uno a fondo en la propia vida y comprueba lo lejos de Dios que se encuentra y ve cómo el pecado grave o menos grave nos domina, se puede sentir la tentación del desaliento y de la desesperación. Del desaliento en cuanto a sentirse uno incapaz de superar las propias limitaciones. De desesperación en cuanto a pensar que no se es digno del perdón misericordioso de Dios. En estos momentos de los ejercicios, tras haber reflexionado sobre el pecado, podemos sentirnos desalentados o desesperados. Por ello, es muy importante sin frivolidad y sin infantilismos, -porque a veces se toma a Dios así-, echarnos en brazos de la misericordia divina.

Dios siempre está dispuesto a perdonar, a olvidar, a renovar. Ahí tenemos la parábola del hijo pródigo en la que un padre espera con ansia la vuelta de su hijo que se ha ido voluntariamente de su casa. Dios siempre nos espera; siempre aguarda nuestro retorno; nada es demasiado grande para su misericordia. Nunca debemos permitir que la desconfianza en Dios tome prisionero nuestro corazón, pues entonces habríamos matado en nosotros toda esperanza de conversión y de salvación. La misericordia del Señor es eterna. En el libro del Profeta Oseas leemos frases que nos descubren esa ternura de Dios hacia nosotros: “Cuando Israel era niño, yo le amé... Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí... Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla...” (11, 1-4).

Frecuentemente una de las acciones más específicas del demonio es desalentarnos y desesperarnos. “Ya no tienes remedio. Ya es demasiado lo que has hecho”. Y muchos de nosotros nos dejamos llevar por esos sentimientos que nos quitan no sólo la paz, sino la fuerza para luchar por ser mejores. Dios, en cambio, siempre nos espera, porque nos ama, porque no se resigna a perder lo que su Amor ha creado. “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión” (Os 2,21). Qué nunca el temor al perdón de Dios nos aparte de volver a El una y otra vez! Hasta el último día de nuestra vida nos estará esperando.

La misericordia de Dios, sin embargo, no se puede tomar a broma. Ella nace en el conocimiento que Dios tiene de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez, de nuestra condición humana, y, sobre todo, del amor que nos profesa, pues “El quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. La misericordia divina no puede, en cambio, ser el tópico al que recurrimos frecuentemente para justificar sin más una conducta poco acorde con nuestra realidad de cristianos y de seres humanos, o para permitirnos atentar contra la paciencia divina por medio de nuestra presunción.

A espaldas de la pecadora sólo hay una realidad: el pecado. En su horizonte sólo una promesa: la tristeza, la desesperación, el vacío. Pero en su presente se hace realidad Cristo, el rostro humano de Dios. Ella nos va enseñar cómo actúa Dios cuando el ser humano se le presta.

La mujer reconoce ante todo que es una pecadora. Esas lágrimas que derrama son realmente sinceras y demuestran todo el dolor que aquella mujer experimentaba tras una vida de pecado, alejada de Dios, vacía. Hay lágrimas físicas y también morales. Todas valen para reconocer que nos duele ofender a Dios, vivir alejados de Él. A ella no le importaba el comentario de los demás. Quería resarcir su vida, y había encontrado en aquel hombre la posibilidad de la vuelta a un Dios de amor, de perdón, de misericordia. Por eso está ahí, haciendo lo más difícil: reconocerse infeliz y necesitada de perdón.

Cristo, que lee el pensamiento, como lo demostró al hablar con Simón el fariseo, toca en el corazón de aquella mujer todo el dolor de sus pecados por un lado, y todo el amor que quiere salir de ella, por otro. Todo está así preparado para el re-encuentro con Dios. Se pone decididamente de su parte. Reconoce que ella ha pecado mucho (debía quinientos denarios). Pero también afirma que el amor es mucho mayor el mismo pecado. “Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor”. Se realiza así aquella promesa divina: “Dónde abundó el pecado, sobreabundó la misericordia”. El corazón de aquella mujer queda trasformado por el amor de Dios. Es una criatura nueva, salvada, limpia, pura.

La misericordia divina le impone un camino: “Vete en paz”. Es algo así como: “Abandona ese camino de desesperación, de tristeza, de sufrimiento”. Coge ese otro derrotero de la alegría, de la ilusión, de la paz que sólo encontrarás en la casa de tu Padre Dios. No sabemos nada de esta pecadora anónima. No sabemos si siguió a Cristo dentro del grupo de las mujeres o qué fue de ella. Pero estamos seguros de que a partir de aquel día su vida cambio definitivamente. También a ella la salvó aquella misericordia que salvó a la adúltera, a Pedro, a Zaqueo, y a tantos más.

En nuestra vida de cristianos, y muy especialmente en la vida de la mujer, tan sensible a la falta de amor, tan proclive al desaliento, tan inclinada a sufrir la ingratitud de los demás, es muy fácil comprender lo que le dolemos a Dios cuando nos apartamos de su amor y de su bondad. Por ello, abrámonos a la Misericordia divina para reforzar nuestra decisión de nunca pecar, de nunca abandonar la casa del Padre, de nunca intentar probar ese camino de tristeza y de dolor que es el pecado.

La constatación de nuestras miserias, a veces reiteradas, nunca deben convertirse en desconfianza hacia Dios. Más aún, nuestras miserias deben convencernos de que la victoria sobre las mismas no es obra fundamentalmente nuestra sino de la gracia divina. Sólo no podemos. Es a Dios a quien debemos pedirle que nos salve, que nos cure, que nos redima. Si Dios no hace crecer la planta es inútil todo esfuerzo humano. Somos hijos del pecado desde nuestra juventud. Sólo Dios pude salvarnos.

Junto a esta esperanza de salvación de parte de Dios, la Misericordia divina exige nuestro esfuerzo para no ser fáciles en este alejarnos con frecuencia de la casa del Padre. Hay que luchar incansablemente para vivir siempre ahí, para estar siempre con Él, para defender por todos los medios la amistad con Dios. El pecado habitual o el vivir habitualmente en pecado no puede ser algo normal en nosotros, y menos el pensar que al fin y al cabo como Dios es tan bueno... Estaremos siempre en condiciones o en posibilidades de invocar el perdón y la misericordia divina?

No olvidemos que como la pecadora siempre tenemos la gran baza y ayuda de la confesión. Ella hizo una confesión pública de sus pecados, manifestó su profundo arrepentimiento, demostró su propósito de enmienda. Al final Cristo la absolvió. La confesión es fundamental para el perdón de los pecados. Más aún, es necesaria la confesión frecuente, humilde, confiada. Como otras muchas cosas, sólo a Dios se le ha podido ocurrir este sacramento de la misericordia y del perdón. No acercarse a la confesión con frecuencia es una temeridad. Tenemos demasiado fácil el regreso a Dios.



Cuestionario práctico 

El cuestionario práctico nos ayuda y llena de luz porque confronta nuestra vida con las exigencias objetivas de la vocación cristiana, haciéndonos conocer las desviaciones o avances positivos, así como la raíz más profunda de sus causas. Nos ayuda también a suscitar dentro de nosotros una actitud de contrición, al propósito de superación cuando vemos lo negativo y de gratitud con Dios cuando reconocemos con sencillez nuestro progreso. Además el católico, el cristiano es un soldado de Jesucristo que con frecuencia debe limpiar, afilar y ajustar la armadura según lo recomienda San Pablo: “Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder, revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir contra las asechanzas del diablo…y tras haber vencido todo, os mantengáis firmes” (Ef.6. 10-13)

El examen de conciencia realizado con seriedad y continuidad, es un gran medio para alcanzar el conocimiento personal, la madurez, la coherencia de vida y el progreso por el camino del bien. Nos hace sensibles al pecado y nos ayuda a superar las tentaciones, pruebas y contrariedades.

A continuación te ofrecemos un cuestionario que te ayudará a examinar tu propia vida, tus principios, tus criterios conforme al criterio del evangelio.

 
 
 
*Fondo por Vainica*
 
 
 
 
   
 
                                    
 
¿Cómo saber si soy una persona resentida?

Ya hemos hablado de lo que es el resentimiento y su forma de manifestarse en el sentimiento y en la actitud de las personas. Ahora necesitamos de una fuerte dosis de sinceridad para observarnos a nosotros mismos y ver hasta dónde podemos caer en este juego del resentimiento y como consecuencia envenenarnos con el rencor.

Hay personas que tienen una especial inclinación al resentimiento, se Sienten con mucha facilidad, reaccionan desproporcionadamente ante situaciones difíciles, dolorosas o simplemente que no son de su agrado, acumulando rencores infundados.

Recordemos situaciones en las que podemos sentir el resentimiento:

- Determinadas acciones: un comentario crítico, una llamada de atención una mirada de indiferencia o desprecio, un determinado tono de voz, una ironía, etc.

- Omisiones de los demás: el que se siente herido porque no le felicitaron el día de su cumpleaños, porque alguien no lo saludó, no le dio las gracias o no lo invitó a su fiesta; o tal vez porque siente que no valoran lo que hace, no lo toman en cuanta, no le piden su opinión o no le hacen caso.

Si ante estas situaciones sientes que el mundo se te viene encima, te sientes sumamente agredido o entristecido y lleno de amargura, lo más probable es que seas una persona RESENTIDA.

¿Qué puedo hacer?

Lo primero es preguntarnos si ese sentimiento negativo que siento es proporcionado a la realidad de la acción o de la omisión. ¿De verdad no me felicitó porque le caigo mal o simplemente porque es así distraído (a)? ¿De verdad me ofende cada vez que me habla con ese tono que no me gusta o es su forma de indicar las cosas sobre todo en ciertos temas?

¿Estoy sentido o soy resentido?

. Una persona está sentida cuando, por algún suceso concreto, se encuentra interiormente dolida y permanece este dolor dentro. Cosa muy normal, humana y que todos experimentamos.

Cuando este sentimiento se ha convertido en una forma de ser, cuando yo, no sólo estoy sentida, sino me siento con facilidad, entonces soy una persona resentida

Cuando alguien ya no sólo está, sino que es resentido, sus reacciones afloran continuamente y a veces en forma agresiva, incluso ante situaciones que no son ofensivas. Esto deriva de situaciones que no se han aceptado y perdonado y por esto aparecen una y otra vez robando la paz del alma.

Es importante detenernos aquí y pensar si dentro de nosotros mismos estamos sentidos o somos resentidos.

Dentro del estar ser resentidos hay algunos Aliados que facilitan convertirnos en personas resentidas e incapaces de disculpar y mucho menos perdonar. Estas son: el egocentrismo, el sentimentalismo, la imaginación y la inseguridad. En esta sesión del curso hablaremos del primero 

El egocentrismo y el olvido de sí

El egocentrismo es la tendencia a girar en torno a nosotros mismos, convertirnos en el centro de nuestros pensamientos y punto de partida de todas las acciones. La persona egocéntrica cambia constantemente de humor porque de demasiada importancia a todo lo que a ella se refiere especialmente si se trata de cosas negativas por parte de los demás.

San José María Escrivá afirmaba que “las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando sólo su propio bien, son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí y se entrega a Dios y a los demás puede ser dichoso en la tierra con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo”. 

El siguiente cuestionario nos ayudará a reflexionar sobre nuestra capacidad de egocentrismo y olvido de sí

1. ¿Suelo usar la palabra yo para empezar cualquier frase?

2. ¿Me dejan indiferentes las noticias de catástrofes, accidentes y permanezco ajeno en general?

3. ¿Oro por los demás? ¿especialmente por aquellos que se encuentran en mayor dificultad en su vida?

4. ¿Suelo interpretar mal la forma de actuar de los demás? ¿Si no de todos al menos de algunas? ¿O he formado la costumbre de mirar todo con ojos de bondad, de disculpa, de aceptación?

5. ¿Me molesta tratar a las personas que me son antipáticas? ¿Trato de noten mi antipatía?

6. ¿Impongo constantemente mi parecer? ¿Creo que sólo yo tengo la razón? ¿no me gusta recibir consejos? ¿O sé cambiar de opinión con sencillez? ¿reconozco ante los demás cuando me equivoco?

7. ¿Me alegran sinceramente los éxitos ajenos? ¿se hablar bien de los demás? ¿O soy altanero (a), brusco(a)?

8. ¿Renuncio a mis gustos o caprichos personales para complacer a mi esposo (a), hijos, compañeros de trabajo, a cualquiera? ¿o más bien nunca tengo tiempo para agradecer o hacer favores?


¿Cómo olvidarnos de nosotros mismos? 

La respuesta como ya lo mencionamos anteriormente es mediante la entrega a Dios y a los demás. Un gran ejemplo de olvido de sí, es el que nos dio la Madre Teresa De Calcuta, cundo le preguntaban por su salud decía: “no sé, no he pensado en ello, tengo tantas cosas que hacer por los demás como para pensar en mi propia salud”.

Para concluir esta sesión te invitamos a reflexionar y a llevar a la práctica la siguiente oración:


Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;
Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;
Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.

Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo;
Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;
Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.

Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;
Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien;
Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.

Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión;
Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender;
Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.

Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos;
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.   
  
      
 
           
   
 

 
 
  
*Fondo por Vainica*