- Llamados a realizar cada día la nueva evangelización
mediante la conversión pastoral
Objetivo: Nos colocamos bajo el juicio bondadoso de Dios como discípulos
misioneros de Cristo para que, movidos por los desafíos del momento
presente, busquemos la conversión pastoral adecuando nuestras opciones por
una nueva evangelización.
1. INTRODUCCIÓN
Hoy estamos viviendo cambios muy profundos y con mucha rapidez. Apenas
salimos de una cosa y entramos en otra. Son muchos los reclamos que se le
plantean a la Iglesia para poner al día su mensaje, su estilo de vida, su
organización, pero de manera especial el testimonio de santidad de sus
sacerdotes y de los fieles cristianos, lo mismo que su responsabilidad social
ante la justicia y la paz.
Son muchos los que piensan que la Iglesia duerme, que vive de espaldas a la
realidad de los que sufren, que se encierra en el templo y en sus ritos y que
cierra sus ojos ante la descomposición social que tanto lastima nuestra
sociedad.
En la VI Asamblea Diocesana, celebrada en el año 2007, dijimos esto: “La
cultura de la muerte pecaminosa está presente en nuestra Diócesis de muchas
maneras y busca una redención. El narcotráfico que corrompe la sociedad, los
jueces, la policía, la convivencia humana y las familias. El suicidio que cobra
víctimas día a día, especialmente entre los jóvenes. La violencia y la
inseguridad de nuestras calles. El narcomenudeo en las escuelas y los antros.
La proliferación de la práctica supersticiosa y el culto a la santa muerte. La
degradación de la sexualidad y la comercialización de la mujer. El desprecio
de la vida, el aborto, la inseguridad laboral, los salarios infames, la violación
de los derechos humanos que día a día se multiplican a lo largo y ancho de la
Diócesis, son signos de muerte que contradicen el proyecto de Dios entre
nosotros. Nuestro silencio, nuestra complicidad y nuestra apatía de cristianos
son la contribución inmoral a la crucifixión de nuestro pueblo. El divorcio
entre la fe y la vida de los bautizados, el divorcio entre la Iglesia y la
vida del pueblo son nuestro pecado, nuestra infidelidad”.
El ambiente pagano que corrompe a nuestro tiempo, el mal ejemplo y el
escándalo que causamos los discípulos de Cristo, el divorcio entre la fe y la
vida de los bautizados, van provocando que mucha gente, especialmente los
jóvenes, vean a la Iglesia desde lejos y la sientan que ya nada tiene que
decirles, ya nada tiene que enseñarles. Esto, en vez de desanimarnos, nos
obliga a dar una respuesta. Pero no “más de lo mismo”, sino una respuesta
nueva, acorde con la nueva Evangelización. Vamos a escuchar la Palabra de
Dios.
2. PALABRA DE DIOS: Escuchemos la Palabra de Dios en el Evangelio
de San Mateo 5, 13-16: “Ustedes son la luz y la sal de la tierra”.
— ¿Con qué nos compara Jesús?2
— ¿Cuál es la función de la sal y de la luz?
— ¿Podemos imaginar su importancia en tiempos de Jesús?
— ¿Qué pasa con la sal que pierde su sabor?
— ¿Cuál es el mandato con el que Jesús cierra este texto?
3. DESARROLLO DE LA REFLEXIÓN
Hoy no toca situarnos como Iglesia ante el juicio de la Palabra de Dios y
preguntarnos humilde y honradamente si estamos siendo luz del mundo y
sal de la tierra, como era el sueño de Jesús.
Si lo que debería ser luz ya no ilumina, pierde su razón de ser. Si lo que
debería dar sabor se vuelve insípido, de nada sirve. Cada uno de los
discípulos de Cristo y la Iglesia local a la que pertenecemos tenemos una
misión que cumplir en esta región del mundo y del país.
Escuchemos lo que nos dice el Diagnóstico diocesano de nuestra manera de
ver, de vivir y organizar nuestra Iglesia:
— La vivencia de la fe católica se ha limitado en gran medida a celebrar
tradiciones heredadas, a veces con un sentido mágico y con matices
supersticiosos, en forma masificada, sin vínculos comunitarios, sin
mayor repercusión moral para la vida de las personas y nula
trascendencia social.
— La desorganización, la gran disparidad de criterios, el enfoque
individualista, el desequilibrio entre la fe y la vida, no han logrado
imprimirle a los servicios religiosos una proyección comunitaria y
misionera.
— El individualismo y la escasa reciprocidad entre sacerdotes, religiosas
y laicos, el recelo a la planificación pastoral, y el débil dinamismo
misionero da por resultado una acción evangelizadora débil y
rutinaria, sacramentalista y limitada a transmitir contenidos
doctrinales, con un método y lenguaje desfasado y sin itinerarios
formativos que garanticen la madurez cristiana de los bautizados y
bautizadas.
Todo lo cual desemboca en una afirmación que nos estruja la conciencia:
“La Iglesia diocesana de Saltillo, llamada a ser “casa y escuela de la
comunión”, sacramento de Cristo para cuantos habitan en esta región del
mundo, peregrina de la esperanza y bandera de los valores del Reino de Dios,
se encuentra atrapada en una pastoral de conservación que no
responde a los desafíos del tiempo presente, habituada a las minorías
practicantes y tímida ante los nuevos retos que le plantea la misión”.
LA CONVERSIÓN PASTORAL QUE NECESITAMOS
Desde el Sacramento al Evangelio
Mucho tiempo hemos vivido apegados a los sacramentos, pero nos ha faltado
Evangelización. “La Evangelización es la dicha y la vocación propia de la
Iglesia” (E.N. 14). Los sacramentos son muy importantes, vitales para la vida 3
de la fe porque nos injertan a Cristo y nos comunican su gracia, pero hoy en
día es muy necesario formar la conciencia de las personas, de las familias y
de la comunidad. Y esto se logra si ponemos en alto la luz del Evangelio. Es
urgente evangelizar a los niños, a los jóvenes, a los adultos. Impregnar los
ambientes con los criterios de Cristo. Es preciso anunciar a Cristo,
catequizar, enseñar, predicar, escribir, valernos de los Medios de
Comunicación, hacer uso del Internet, para que “lo que escuchamos en
secreto lo anunciemos desde las azoteas”.
Desde el templo a las casas y a las calles
El templo no es punto de llegada, sino punto de partida. No es refugio sino
plataforma de lanzamiento. El Templo es muy importante y necesario para el
encuentro personal con Dios, para la celebración de nuestras asambleas,
para ser un signo de la fe en medio de la ciudad, pero hoy el Señor nos
reclama en medio de las calles, en las plazas, en las casas donde habitan
sus hijos. “La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad, en medio de sus
alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos”
(Aparecida 514).
Desde la doctrina al testimonio de la propia vida
Nos hemos centrado mucho en la memorización de la doctrina, pero nos ha
faltado el testimonio de la unidad y del amor. Una fe ilustrada es buena, un
conocimiento básico de la doctrina es necesario para la madurez de la fe en
Cristo, pero no basta. Hoy existe un fuerte reclamo de una conducta acorde
con el Evangelio. Las fuertes y crueles críticas que le hacen a la Iglesia y a
sus responsables, no es otra cosa sino el grito desesperado de un mundo
que tiene necesidad de Dios y de puntos de referencia para sus vidas. De las
verdades hay que movernos a los hechos. No basta con ser católicos
preparados y bien formados, hay que ser testigos creíbles del Evangelio.
“Dichosos estos tiempos que nos obligan a ser santos”, decía el Papa Paulo
VI.
Desde el grupo a la comunidad
La organización parroquial se ha centrado en los grupos, pero nos ha faltado
formar la comunidad. Los grupos ayudan en cuanto fomentan la cercanía
humana y logran darle vitalidad al apostolado, pero muchas veces se
convierten en centros de puertas cerradas, que no crecen, que no incluyen a
más personas, que viven en rivalidad con otros grupos y que olvidan el
sentido de parroquia. Hoy es muy importante formar comunidad.
Comunidad donde se comparte la vida y los bienes, tanto materiales como
espirituales. Comunidad que crece, madura y se multiplica. Comunidad
abierta donde hay lugar para todos. Comunidad de familias y de personas,
con arraigo en su propio sector. La Parroquia está llamada a ser, no
acumulación de grupos ni mercado de servicios religiosos, sino comunidad
de comunidades.
Desde la moral individual al compromiso social
Anteriormente nos preocupábamos más de un catolicismo individual, de
devociones particulares y de ser buenos y decentes en nuestra vida privada. 4
Lo cual no es malo, pero nuestro tiempo nos urge a un compromiso social.
Ser luz de nuestros ambientes y sal que preserve de la corrupción y de la
descomposición social que hoy padecemos. Hay que impregnar con el
fermento de Cristo y los valores del evangelio la vida pública y la conciencia
de los empresarios, de los obreros, de los maestros, de los jóvenes
universitarios.
Desde el centralismo sacerdotal hacia el protagonismo de los laicos
Hemos valorado mucho la importancia y la necesidad del sacerdote en la
comunidad, pero hemos dejado en la sombra la importancia y la necesidad
de los laicos y laicas. Los laicos también son Iglesia. Y el papel que laicos y
laicas están llamados a desempeñar en la vida de la Iglesia y en la sociedad
no es menos importante que el papel del sacerdote. La misma escasez de
vocaciones al sacerdocio hoy nos obliga a promover el protagonismo de los
laicos. Un buen sacerdote hace buenos laicos, pero también unos laicos
ejemplares obligan al sacerdote a ser santo.
4. PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN
— ¿Qué cosas tendría que cambiar nuestra Iglesia diocesana, para que
las personas más alejadas se sientan acogidas y con deseos de
integrarse?
— ¿Qué iniciativas necesitamos tomar los laicos y laicas para promover
nuestro protagonismo en la Iglesia?
— ¿Qué podemos hacer desde nuestras familias y barrios, para que
nuestros vecinos y amigos, sientan la parroquia como su casa?
5. DINÁMICA GRUPAL
Colocamos sobre una mesita un recipiente con sal y nos colocamos de pie
alrededor de la mesa.
Lector: Que esta sal nos recuerde que estamos llamados a darle sabor al
mundo, sabor de justica y caridad cristiana, ahí donde estamos plantados.
Hacemos peticiones, y respondemos a cada una diciendo:
“que seamos sal, con sabor de justicia y fraternidad”.




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